En el siglo IV antes de Cristo, Hipócrates hablaba ya de una relación entre la epilepsia y los problemas emocionales. En una de sus famosas citas, decía que “los melancólicos por lo general se vuelven epilépticos, mientras que los epilépticos se enferman de melancolía”, y lo cierto es que la comorbilidad entre trastornos del estado de ánimo y epilepsia es un factor muy importante para el diagnóstico y el pronóstico de la enfermedad neurológica, ya se trate de una epilepsia convulsiva o no-convulsiva.
La ansiedad es el trastorno del estado de ánimo que con más frecuencia concurre con la epilepsia, con una prevalencia que puede alcanzar el 50% de los casos, y las razones para ello rebasan lo puramente biológico, para involucrar también las discriminaciones y estigmas que pueden sufrir los pacientes epilépticos, causantes, entre otras, de baja autoestima, inseguridades sociales, desmoralización –entendida ésta como el dolor causado por una enfermedad incurable o discapacitante.
También son frecuentes los trastornos depresivos entre las personas que padecen epilepsia, asociada con los factores sociales ya señalados, pero sobre todo por efecto secundario de algunos medicamentos para controlar los ataques, en especial los barbitúricos. En algunos casos, la mejoría de la depresión se obtiene al ajustar la dosis de los anticonvulsionantes y adicionar al tratamiento un antidepresivo.
Con menos frecuencia, la epilepsia puede verse acompañada de psicosis postictal, es decir, de cuadros psicóticos que se inician poco después de una crisis convulsiva. Estos cuadros son factores de riesgo para el desarrollo de una psicosis crónica y afectan sobre todo a los pacientes con epilepsia del lóbulo temporal. Otros trastornos psiquiátricos, aunque de menor prevalencia y mejor pronóstico son las psicosis ictal e interictal. La primera se refiere a las alucinaciones visuales, gustativas o auditivas que puede tener una persona en el curso de ataques parciales. La segunda, es la psicosis de tipo esquizofrénico que puede presentarse entre una crisis convulsiva y otra, presumiblemente causada por los medicamentos supresores de las convulsiones, es decir, por una inhibición excesiva de los mecanismos que provocan la convulsión. También en este caso puede ser suficiente una modificación de la dosis de anticonvulsionantes

IGLESIA DE SAN ANTONIO DE PADUA. ESTAMBUL, TURQUÍA.
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