PSICOFARMACOLOGÍA Y PSICOFÁRMACOS II

Antidepresivos 1 Todavía en los años 50, antes de que surgieran medicamentos realmente eficaces para tratar trastornos mentales graves, los psiquiatras tenían que recurrir a técnicas extremas como la terapia electroconvulsiva, los comas insulínicos o la deprivación del sueño, hasta que, de manera totalmente azarosa, se produjo uno de los grandes avances de la medicina del siglo XX: el desarrollo de drogas que interactúan con los sistemas químicos cerebrales. Los avances comienzan quizá en 1949, cuando se descubren los beneficios del litio en el manejo de cuadros maníacos y esquizofrénicos. Un poco más adelante, en 1951, un grupo de médicos que probaban una nueva droga (iproniazida) en pacientes tuberculosos, advirtieron inmediatas transformaciones positivas en el ánimo y la conducta de los enfermos.  Esta droga sería conocida después como el primer antidepresivo inhibidor de la monoamino oxidasa (IMAO). Alrededor de la misma época, el tratamiento de pacientes esquizofrénicos con imipramina (el primer psicofármaco tricíclico, llamado así por su estructura de tres anillos) permitió descubrir con asombro que el medicamento elevaba considerablemente el estado de ánimo y aumentaba la energía de los pacientes deprimidos, mientras que tenía efectos sedantes en los enfermos no deprimidos. Hubo otros casos en que los avances se obtuvieron por la vía negativa. Tal fue el caso del empleo de una droga prescrita para controlar la presión sanguínea (Raudixine) que produjo en los usuarios una sintomatología claramente depresiva, como culpa, desesperanza, ideación suicida, etc. Paralelamente, los resultados de las investigaciones científicas acerca de la estructura y funcionamiento del cerebro y en particular de la neurotransmisión y la acción de ciertos neurotransmisores,  inspiraron acerca del tratamiento de la...

PSICOFARMACOLOGÍA Y PSICOFÁRMACOS I

Por muchos años, los trastornos mentales fueron vistos predominantemente como derivados de traumas infantiles o experiencias muy tempranas, estresores de la vida diaria y conflictos interpersonales, susceptibles de tratarse por psiquiatras de orientación psicodinámica, abocados a la exploración verbal del inconsciente o mundo interior de la persona. Eran minoría, y sobre todo menos aceptados, los psiquiatras que suponían que esos trastornos tenían una base biológica y necesitaban tratarse con psicofármacos. En la segunda mitad del siglo pasado se produjo una inversión en los niveles de aceptación de estas posiciones frente a la etiología de los trastornos mentales, cuando los avances científicos y tecnológicos enfatizaron el papel que juega el cerebro en la salud/enfermedad mental, además del avance sustancial en el conocimiento de la neuroquímica y de la capacidad de modular la neurotransmisión; de los estudios moleculares; del desarrollo de distintas áreas del cerebro y su participación en las neuropatologías; de las enfermedades neurodegenerativas; de la investigación genética de las enfermedades mentales y de la variabilidad en los genes por acción de los fármacos, que es campo de la farmacogenética. Actualmente, sin embargo, estos enfoques de la psiquiatría han dejado de ser excluyentes y, ante la abundante experiencia clínica y científica, la especialidad se ha vuelto ecléctica y ha logrado los mejores resultados atendiendo a las necesidades particulares de cada paciente y determinando, mediante la evaluación y el buen diagnóstico, cuándo y en qué medida conviene uno u otro método, así como cuándo lo que procede es combinarlos. En las siguientes entregas trataremos temas relacionados con los psicofármacos de mayor consumo en el mundo, a saber, los antidepresivos, los ansiolíticos...

REFLEXIONES DESDE LA PSIQUIATRÍA Y EL PSICOANÁLISIS. Los daños colaterales de los padres psicópatas y sociópatas

Vamos a concluir esta serie con dos formas de conducta, reunidas actualmente bajo el rubro de trastorno de la personalidad disocial (CIE 10) o trastorno de la personalidad antisocial (DSM 5), que caracterizan a los llamados psicópatas y sociópatas. Se trata de trastornos que resultan tanto de predisposiciones genéticas como de factores ambientales, aunque algunos autores prefieren hablar de psicopatía cuando hay un predominio hereditario, y de sociopatía cuando la conducta antisocial es resultado ya sea de una lesión cerebral, o bien, de factores ambientales negativos, como el abandono por parte de los padres, el abuso sexual infantil, o la vecindad con delincuentes. De los psicópatas se sabe que carecen de empatía, no son capaces de establecer relaciones sanas de pareja,  no sienten amor por los hijos, aunque pueden fingirlo para manipularlos, y no tienen conciencia de culpa. Los sociópatas,por su parte, pueden ser empáticos y establecer relaciones y, en muchos casos, racionalizan sus conductas antisociales más que carecer de capacidad de distinguir entre el bien y el mal. Pero unos y otros, psicópatas y sociópatas, se distinguen a partir de los 15 – 18 años por incumplir las normas sociales y las leyes, mentir repetidamente, practicar la estafa para su provecho o por el placer de hacerlo; son impulsivos, irritables, agresivos, imprudentes e irresponsables. La pura descripción nos permite imaginar que crecer con padres antisociales tiene repercusiones emocionales, cognitivas y sociales. El hijo o la hija que está genéticamente predispuesto, al igual que aquel criado en un ambiente antisocial, está en altísimo riesgo de desarrollar la misma estructura de personalidad, ejercer violencia, en especial contra la pareja; abusar...

REFLEXIONES DESDE LA PSIQUIATRÍA Y EL PSICOANÁLISIS. Los daños colaterales de los padres narcisistas

Cuando el amor que una persona tiene por sí misma alcanza niveles patológicos, estamos hablando de un problema de narcisismo, de un trastorno de la personalidad que se caracteriza porque quien lo sufre niega su vulnerabilidad y fragilidad ante la crítica,  y se deja guiar por sus fantasías de éxito, poder, belleza, brillantez o amor ideal ilimitado, de las que se derivan falta de empatía y sentimientos y actitudes de grandeza, prepotencia y superioridad. Los hombres y mujeres narcisistas se sienten únicos, dignos de un trato especial y favorable, creen que son envidiados por los demás y, sin embargo, a pesar de su arrogancia, no les basta con sus creencias y fantasías, sino que estas están necesitadas de la admiración de los demás. Es posible que si no reciben atención y reconocimiento, caigan en estados de depresión y su trastorno pueda confundirse con el propio de la personalidad límite. Cuando los padres anteponen sus propias necesidades a las de sus descendientes y estos no cuentan con abuelos u otros familiares que medien en la relación, es muy probable que compartan la sensación de no ser ni suficientemente deseados, ni suficientemente buenos, ni suficientemente listos, ni capaces de cumplir con las expectativas de un padre o una madre narcisista, que ve al hijo o a la hija como una extensión suya e indefectiblemente le traslada no solo la demanda de perfección, sino el rechazo y la crítica feroz de todo lo que siente inaceptable de sí mismo. Esto genera gran angustia en el niño o la niña, que tiene miedo de no ser amado, de no merecer serlo. Al llegar...

REFLEXIONES DESDE LA PSIQUIATRÍA Y EL PSICOANÁLISIS. Los daños colaterales de la inmadurez emocional

  Decimos de una persona que es emocionalmente madura cuando ha alcanzado un nivel de crecimiento y desarrollo a partir del cual ha ido enriqueciendo su personalidad con todos o casi todos los siguientes rasgos: Aceptarse a sí mismo, a los otros y a las cosas tal como son. Saber lo que se quiere y reconocer las limitaciones propias. Ser capaz de adaptarse a los cambios y procesar adecuadamente los factores estresantes de la vida cotidiana. Poder dirigir la energía hacia cuestiones creativas. Preferir el dar al recibir. Ejercer la capacidad de amar. Responsabilizarse de terceras personas. Por eliminación, las personas emocionalmente inmaduras se caracterizan por su tendencia a evadir los problemas y no ver la realidad; suelen ser inconstantes, poco confiables, más emocionales que racionales, con poca tolerancia al estrés y deseosos de ser siempre el centro de atracción. Cuando tienen hijos, las personas emocionalmente inmaduras son por lo general distantes, egocéntricos, carentes de empatía, inestables, impredecibles; priorizan sus necesidades frente a las de los demás y no son capaces de compartir ni la felicidad ni la tristeza de los otros, en especial, de los hijos; compensan muchas veces la inestabilidad con rigidez y estrechez de criterio, mientras que en otras ocasiones no se interesan en poner límites y terminan invirtiendo los roles con los hijos. Crecer con padres emocionalmente inmaduros obliga por lo general al crecimiento anticipado de alguno de los menores, que acaba convirtiéndose en padre subrogado de los hermanos. Pero esa maduración temprana no libera al hijo o a la hija de las sensaciones de soledad, inseguridad y vacío emocional causados por el comportamiento parental....